La cafeteria

Últimamente no dejo de tener flashbacks a mis recuerdos en el colegio. Será que me estoy haciendo mayor. En fin, el caso es que después varios años comiendo comida semi-rápida en la universidad/trabajo he vuelto al proceloso mundo de la cantina.

En el cliente en el que trabajo actualmente existe una de esas cantinas self-service de toda la vida. Uno coge una bandeja, utensilios para operar, vaso, servilletas y se dirige inexorablemente hacia el carril dispensador de comida.

Fieles a lo que marcan los estándares de la dieta mediterránea, uno puede escoger entre una amplia variedad de productos lácteos semidisueltos (yogures), frutas, pan (forma y corte), y platos principales. Uno suele elegir dos platos: primero y segundo. Para el primer plato existen 3 posibilidades: las dos de rigor (macarrones o sopa, por ejemplo) y el siempre disponible carrito de las ensaladas, donde un surtido de componentes básicos le deja a uno el poder de crear la suya a su gusto. Para el segundo existe lo mismo: dos alternativas y la “sana” comida a la plancha que puedes pedir que te hagan.

Engordé 5 quilos en los primeros dos meses. Es una frase contundente, sorpresiva y que no da opción a réplica. No picaba entre horas, no comía hamburguesas del mcdonalds y no engullía donuts por las mañanas (el donut es de los productos más calóricos que uno se puede zampar con relativa rapidez un día cualquiera por la mañana). Cabe decir que nunca he sido propenso al sobrepeso, de hecho, siempre he tenido un metabolismo capaz de aprovechar todo lo que zampaba. Prueba fehaciente de lo mismo es mi hermano, que ahora tiene 17 años y en tiempos de stocks alimenticios bajos en casa (cuando mis padres se van fuera) ha llegado a desayunar palomitas y a merendar espaguetis (eso lo hace habitualmente), y sin embargo esta más cachas que el van damm. A qué se debe ese incremento de masa corporal?

Mi teoría está en que mi estómago se había ido acostumbrando, poco a poco, a comer cada vez más. Como los tejanos, que a medida que los usas “se dan”. Pues mi estómago “se iba dando” hasta límites insospechados. Los efectos eran que: no me notaba especialmente lleno después de las comidas, seguía teniendo hambre después y varios de mis récords personales de comida se estaban batiendo recurrentemente. Así que decidí atajar el problema por la base: dejar de comer tanto. Ahí está la clave: no se trata de dejar de comer, sino de dejar de comer TANTO. Al principio el cuerpo, animado por la emoción de querer romper un nuevo récord, reclamaba lo que siempre le había dado. Pero al cabo de unos días, volvió a niveles de ansiedad normales y noté un cambio sustancial en mis niveles de satisfacción del apetito.

Poco a poco he ido recuperando mi peso normal. He adelgazado 3 quilos comiendo muy bien y sólo evitando los empaches. Si a eso le añades unas sesiones de gimnasio que para lo único que sirven es para decirte “es que ya es demasiado tarde… el año que viene empiezo en septiembre”, uno llega a la piscina/playa con la cabeza bien alta y con la posibilidad de no escatimar en gastos en el chiringuito de los helados.

This entry was posted on Tuesday, June 27th, 2006 at 19:39 and is filed under post. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. Both comments and pings are currently closed.

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