Paintball o ese Rambo que llevamos dentro

Si yo hubiese ido a la guerra, no habría durado más de dos días.

Eso es lo que quedó patente el pasado sábado, cuando un grupillo de amigos nos iniciamos en el arte de matar que, aunque simulado, nos atraía fervientemente.

Que raro que nos guste esto de liquidar a gente, no? Es una sensación indescriptible, tener un trasto que dispala proyectiles a 300 km/h,una máscara que te oculta la identidad a menos que tengas algún rasgo diferenciador (volumen, altura o forma de moverte) y un gatillo que ofrece poca resistencia a la repetición. Y claro, los del Paintball detectaron el filón: cobrar por recarga de pelotitas adictivas a 7 euros. “No, si la carga de 100 pelotitas dá más que suficiente” - le faltó decir que sólo en el caso de ser eliminado en el primer minuto de juego. Y es que cuando uno empieza, ya no puede parar.

Se comienza escondido, a cubierto del enemigo, recordando las mejores prácticas de los maestros del Arte de matar: Bruce Willis, Silvester Stallone, Steven Seagal, Denzel Washington, etc. Uno se imagina descolgándose de un pino, cuchillo en boca, degollando silenciosamente uno a uno a los contrincantes para terminar en un combate cuerpo a cuerpo con el Maligno, el monstruo final. Uno imita las volteretas de Tom Cruise en misión imposible y entiende ahora lo que significan los vocablos “fuego cruzado” y “¡Cúbreme!”. La gente se tira al suelo, adquiere posiciones encubiertas, apunta con la mirilla, habla en código silenciosos como los comandos anti-narcotráfico de Colombia, y la vista perdida que uno ve en los lobos que salen de caza en el documental de la 2.

Y los principios desaparecen, el amigo de toda la vida es ahora un blanco a liquidar. Y todo se resume en un único pensamiento, el estandarte de la muerte, el objetivo final:

Si le puedo dar en el culo mejor, que ahí es donde más pica

Yes we can

Ser teleco es duro. Muy duro. Cuando uno entra en la universidad no sabe que su cerebro aún maleable e inocente es muy distinto del que saldrá por la puerta del rector, título en mano (o resguardo de petición) y mentón alzado, caminando confiado en busca de nuevas aventuras.

Algunas de las cosas que a uno le cambian en la carrera de telecos es la Telecogresca. Lo que para mí empezó como un encuentro a oscuras en un descampado, perdiendo a mis pocos amigos por el camino y en una larga caminata de regreso a casa bajo el sol, puedo considerar que se ha transformado en un peregrinaje anual so pena de acabar desterrado del mundo telekil. Señores, la gresca es a los telecos lo que la superbowl a los cerveceros americanos, el bambú de los osos panda: una etapa necesaria del ciclo de la vida de Simba.

Y ahora resulta que deciden cerrarlo. Protesta!

A diferencia de otros, mi colaboración con la gresca no ha sido otra que la económica, pagando mi entrada anual durante 6 ediciones, únicamente interrumpida por mi estancia en Estados Unidos. Espero que dicha interrupción no suceda este año por una ley sin sentido (que no aplica a todos los eventos por igual) en el 30 aniversario de la Telecogresca.

Cartell_Gresca_08

The kid on the left…

… looks like he should have a wife and a couple of kids.

And a tractor.

La Casa Azul = Redes sociales, Eurovision y Long Tail

La Casa Azul

El 2 de abril de 2007 descubrí la Casa Azul. Fué a través de una caricatura de Guille, uno de los mejores dibujantes que ha pasado por Distorsió. Me bajé unas cuantas canciones y después de aumentar media dioptría viendo los borrosos videos de youtube me di cuenta que me había vuelto un fan.

La Casa Azul es un claro ejemplo de éxito por viralidad. Empezó con el exitazo oculto de Amo a Laura (fue una campaña de MTV diseñada por BBDO), y poco a poco se fue abriendo un hueco encontrando su nicho de mercado en Japón, donde la musica pop de los 60 parece que causa furor. Ahora que está un paso más cerca del estrellato, Guille Milkyway (así se hace llamar el autor que siempre aparece en un segundo plano) se encuentra con claras opciones de ganar el concurso de clasificación de Eurovisión organizado por RTVE y Myspace.

La votación es un éxito y eso que sólo lleva un día abierta. Esta mañana he hecho mi primer análisis: los dos primeros puestos se llevan unos 10.000 votos (y no doy números exactos porque entre mi primera importación de los datos a una hoja excel y ahora han votado más de 500 personas a estos dos candidatos).

Poco a poco la Long Tail típica de estos fenómenos internautas se va formando. Mi primer análisis indica que se han repartido 227.165 votos entre 536 candidatos (no 300.000 como se dice en algunas publicaciones). Esto me ha generado un nivel de correlación con una distribución Long Tail del 79%. Iré actualizando el blog para saciar mi frikismo y, sobretodo, para verificar que Rodolfo Chikichiki no nos ridiculiza a todos.

Un taxi de miedo

Ayer viví uno de esos episodios de mi vida que seguro que recordaré durante algún tiempo. Habíamos quedado para cenar y celebrar la llegada de mi primo a Barcelona. Fuimos a un restaurante de coques en el barrio gótico, empalmamos con un bar de mojitos en la rambla del Born y terminamos en un local llamado Magic cerca del parque de la Ciutadella. Al salir, hacia las 4 de la mañana, Miquel, Jordi, Melina y yo alcanzamos un taxista desprevenido y le indicamos que nos llevase a casa. Sin embargo se negó a cruzar hasta Sant Cugat alegando que no se encontraba muy bien y se iba a su casa, con lo que nos acercó a Diagonal con Paseo de San Juan: un punto donde Miquel nos dejó y nosotros no tardamos más de 5 segundos en conseguir otro taxi. Y no me extraña que estuviese vacío, porque vaya pirado de conductor que nos tocó.

Al entrar, nos sugirió que nos pusiésemos el cinturón, yo en medio con Jordi a mi derecha, Melina a mi izquierda, los ojos desorbitados del conductor en el retrovisor. El conductor, bajito, regordete y de pelo corto tomaba una postura relajada, con la nuca tocanto el asiento y jugando con una bolita de mano como los orientales que buscan la relajación. Era una bolita pequeña, opaca, juraría que de color negro y no mucho más grande que una canica. Jugaba con ella como quien juega a dar vueltas con el boli, pero cuando se paraba en un semáforo en rojo, el conductor empezaba a hacer malabares frenéticos con ella. Llegados este punto, tanto el lector como nosotros en ese momento, habíamos quedado intrigados por tales movimientos. Lo que le daba un cierto ambiente tétrico era, sin embargo, que el taxista tenía puesta el programa “La Sexta Dimensión”, de Radio Nacional de España. Creo que es era su programa 98 y nosotros habíamos llegado pasado el ecuador del mismo, cuando uno de los presentadores se dispuso a introducir el relato de la Noche, un relato de Maupassant. La voz y el relato no tienen desperdicio, sobretodo cuando uno lo escucha con un taxista peculiar, en la noche barcelonesa, hipnotizado por la bolita. El taxista, y por eso digo que era algo peculiar, no sólo periodicamente clavaba su mirada en mis ojos y controlaba que no me riese de la situación, sino que valvuceaba, emitía sonidos extraños y se comportaba de forma propia de un psico-killer de película de Hollywood.

Jordi me golpeaba la pierna cada vez que el taxista hacía movimientos extraños, religiosos diría yo, respuesta a un estímulo que provenía, sin duda, de la radio. Había algo en ese programa que le tenía hipnotizado: constaba a las preguntas que lanzaba al aire el conductor del programa y repetía, como si de una pregaria se tratase, algunas de las frases frikis de por sí, que salían del altavoz. Aprendimos sobre lápidas, sepultos, metrópolis de la muerte, cementerios, cruces de madera podrida, agustia y terror. Pero el viaje se alargaba, y tuvimos la “suerte” de aprender sobre la psicografía y la psicopictografía o paragrafía y parapictografía, los disintos fenómenos (beta, gamma y kapa), defectos subjetivos y un largo etcétera de estados de consciencia y otras chorradas varias. Escuchadlo porque no tiene desperdicio.

Para que no quede duda alguna simplemente diré que aún recuerdo su número de licencia: 1124.